Después de una serie de proyectos comerciales impersonales, Wayne Wang ha vuelto a sus raíces <I>indie</I>, con dos largometrajes algo cortos y bastante diferentes, "Mil años de oración" y "La princesa de Nebraska", que están haciendo juntos el recorrido de los festivales. El más tradicional de los dos, "Mil años de oración" hace hincapié en las dificultades de comunicación entre un padre chino y su hija, residente estadounidense, después de 12 años de estar separados el uno de la otra. Se trata de una cinta sin sobresaltos, con una estructura y unas inquietudes muy Ozu, pero resulta más un ejercicio intelectual que algo que sale del corazón.

Después de una serie de proyectos comerciales impersonales, Wayne Wang ha vuelto a sus raíces indie, con dos largometrajes algo cortos y bastante diferentes, “Mil años de oración” y “La princesa de Nebraska”, que están haciendo juntos el recorrido de los festivales. El más tradicional de los dos, “Mil años de oración” hace hincapié en las dificultades de comunicación entre un padre chino y su hija, residente estadounidense, después de 12 años de estar separados el uno de la otra. Se trata de una cinta sin sobresaltos, con una estructura y unas inquietudes muy Ozu, pero resulta más un ejercicio intelectual que algo que sale del corazón. Centrada más bien en cuestiones generacionales y culturales, su modesta entrada le confiere un potencial comercial igualmente modesto.

Incluso desde la primera secuencia, en la que la divorciada Yilan (Faye Yu), fríamente atractiva, de treinta y tantos años, saluda a su padre mayor, el señor Shi (Henry O), en el aeropuerto de Spokane, sin siquiera dignarse a darle un abrazo, resulta asombroso lo poco acogedora y cariñosa que es con su padre. Él parece un tipo bastante amable, pero, tras una primera cena, elle le deja en su antiséptico piso suburbano durante el día mientras ella trabaja como bibliotecaria, y por la noche se dedica a su vida social.

Dejado solo en un país desconocido, y con un inglés muy limitado, el señor Shi no se las arregla nada mal. Es el tipo de persona que puede entablar una conversación con prácticamente cualquiera, y termina hablando bastante en un parque con una mujer que habla farsi. Apenas entienden las palabras, pero se comunican muy bien.

Y eso es mucho más de lo que se puede decir del señor Shi y su hija, quien, para añadir otro elemento más a la mezcolanza lingüística, está saliendo con un ruso. Parece muy extraño que no tenga planeado nada para que su padre pueda hacer algo, con o sin ella. Sus pocas conversaciones son forzadas, sobre todo cuando él le presiona para que le dé detalles sobre su vida personal, cosa que no le gusta nada a ella, y tampoco ayuda cuando él llega a la acertada conclusión de que ella no es feliz.

En un intercambio crucial e intrigante entre los dos, Yilan admite que puede expresar sus sentimientos mucho más fácilmente en inglés que en chino, ya que en su idioma materno no ha sido educada para expresar sus sentimientos. En su idioma adquirido, insiste ella, se siente libre, de la misma manera en que se siente libre en todas las otras facetas de su vida.

Sin embargo, desde el punto de vista de su padre, que sigue siendo un comunista puro, aunque no doctrinario, (“No resulta fácil encontrar un verdadero creyente hoy en día,” dice él) estas libertades sin límites conllevan un precio alto, sospecha subrayada por al anodino anonimato de la casa de Yilan, y por la ausencia de tejido social en su vida

Cuando llega finalmente el momento de las verdades, se airean algunos aspectos desagradables del pasado del señor Shi, aunque la manera en que en su día los tratara ilustra el orgullo y la discreción que ha mantenido a lo largo de una vida modesta.

A Wang y su guionista Yiyun les interesan más las discrepancias culturales que la construcción de un ritmo narrativo o de una intensidad emocional, lo cual significa que la película tiene suficiente fuelle como para aguantar bien a lo largo de su metraje relativamente corto. Pero desde luego que no hay suficiente aquí como para motivar a espectadores fuera de la comunidad chino-americana para que salgan de sus casas a una velada cinematográfica.

Mucho de la película se centra en los esfuerzos del señor Shin por moverse, en busca de algo con qué entretenerse, o de alguien con quien hablar, y, afortunadamente, Henry O le convierte en un personaje que resulta gracioso contemplar. Yu, que tuvo, hace 14 años, un papel secundario en “The Joy Luck Club”, de Wang, es taimada sin tener que hacer grandes excesivos para serlo, y dramáticamente eficaz tanto en mandarín como en inglés, aunque a veces restringida por un papel que al fin y al cabo es, desgraciadamente, fundamentalmente recesiva.

Rodada en alta HD, la película tiene una textura muy buena y un sonido cristalino.

Mil años de oración

Production

Una presentación de Entertainment Farm, de una producción de Good Prayers production. Ventas internacionales: The Match Factory, Cologne, Alemania. Producida por: Yukie Kito, Rich Cowan, Wayne Wang. Productores ejecutivos: Yasushi Kotani, Taizo Son. Dirigida por Wayne Wang. Guión: Yiyun Lee, basado en su historia.

Crew

Director de fotografía (color, HD vídeo), Patrick Lindenmaier; montador, Deirdre Slevin; música, Lesley Barber; supervisors de música, Deva Anderson, Delphine Robertson; diseño de producción, Vincent de Felice; decorador, Dan Beyer; sonido (Dolby Digital), Tom Taylor; supervisor de montaje de música/mezclas, Lewis Goldstein; ayudante al director, Rich Cowan; casting, Todd Thaler, Philip Huffman. Duración: 83 minutos. (en mandarín e inglés, con diálogos en Farsi )

Cast

Con: Mr. Shi - Henry O Yilan - Faye Yu Madame - Vida Ghahremani Boris - Pasha Lychnikoff

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