Una nueva generación toma la alternative

MADRID — Para públicos extranjeros, el cine español en el año 2007 se puede reducir a los nombres de sus dos directores más recientemente oscarizados, el equipo A: Almodóvar, amado fuera, pero sólo admirado dentro, y Amenábar, el mejor director hollywoodense de España. Descartando al mejicano Guillermo del Toro, considerado por muchos sectores de la industria un español honorario, dado su preocupación cinematográfica con la guerra civil española (véase “El laberinto del fauno”), los hombres del equipo A pueden presumir del tipo de éxito tanto crítico como comercial con el que los demás sólo pueden soñar, y de hecho sueñan.

Las cifras sugieren que la industria se mantiene viva gracias a estos dos directores, además de a un oscilante grupo – reducido – de otros, de baja calidad; y también sugieren una garrafal falta de visión por parte de los productores a la hora de prever lo que serán éxitos de taquilla a nivel doméstico, y lo que no. El hecho de que el director español de mayor éxito comercial de los últimos doce meses haya sido Juan Carlos Fresnadillo con su “28 semanas dspués” ya debe ser un aviso. Todavía hay sitio para los proyectos amenos, bien hilvanados, y personales, que sorprenden a los productores cuando consiguen algo de éxito de taquilla. Todas las miradas sobre la cosecha del 2006 coincidieron en señalar “Azuloscurocasinegro”, una cinta inteligente, idiosincrásica, sobre la vida en un barrio obrero de Madrid, y en identificar a Daniel Sánchez Arévalo como quizá el más interesante director novel de estos últimos años. “La noche de los girasoles”, de Jorge Sánchez Cabezudo, una obra narrativamente inventiva, que viene a ser un estudio bien hecho sobre una muerte accidental en la España rural, excedió en calidad a cualquier otro thríller español producido en 2006. Pero para sustos y suspense, los españoles siguen mirando al producto estadounidense. “La noche de los girasoles” fue el único thriller nacional que figuraba en la lista de los 25 principales.

De la cosecha del 2007, destacan tres: la atrevida “Yo”, del director mallorquín Rafael Cortés, sobre un obrero alemán en Mallorca, que ha sido bien recibido en varios festivales: “Ladrones”, de Jaime Marqués, protagonizada por quizá el más popular de los jóvenes actores españoles, Juan José Ballesta, que es una especie de homenaje lírico a la marginación adolescente, y la nada efectista “Bajo las estrellas”, de Félix Viscarret, sobre el turbulento regreso a casa de un trompetista de tres al cuarto, con una magnífica interpretación de Alberto San Juan.

Todas estas películas combinan una conciencia de los valores tradicionales del saber hacer cinematográfico con un intento de plasmar las historias con nuevos registros.

Todavía se puede encontrar fondos para hacer películas experimentales de calidad que no comprometen nada de sus valores e ideales. Dos ejemplos recientes, ambos bonitos, son sobrios estudios del aislamiento femenino, que han sido bien recibidos en los festivales: “La soledad”, de Jaime Rosales, y “La línea recta” de José María Orbe. Añade a eso “En la ciudad de Silvia”, de José Luis Guerín, sobre un joven que persigue desesperadamente el amor por las calles de Estrasburgo, y tenemos lo que podría parecer un movimiento en ciernes. Mientras, con “Caótica Ana”, la cinta aparatosa pero irregular, de Julio Medem, vemos otra vez a un auteur maverick que se mantiene fiel a sus principios de arte y ensayo.

Hay una nueva tendencia: directores que indagan en la historia reciente de su país, generalmente con mejores resultados que cuando viajan hacia tiempos más remotos, como por ejemplo el caso de “Alatriste”, de Agustín Díaz Yanes, un éxito de taquilla, pero no tan bien recibida por la crítica, o la desaprovechada “Fantasmas de Goya”, de Milos Forman. Aquí se destacan cintas como “Salvador”, de Manuel Huerga, una obra urgente y bien hecha, protagonizada por Daniel Bruehl, que encarna al epónimo anarquista catalán ejecutado por el régimen franquista; “Un franco, 14 pesetas”, de Carlos Iglesias, una cinta amena sobre la emigración española, o el thríller sobre la corrupción, “GAL”, en el que Miguel Courtois mantiene el talento para el thríller que demostró en “El Lobo”.

Mientras, la España contemporánea parece ser un tema que interesa más bien poco al público español, que, todo hay que decirlo, siempre ha sido bastante indiferente al producto local en general. De los 25 largometrajes españoles más vistos en el 2006, el único que aborda algo el estado de la nación en términos de verdades callejeras fue “Yo soy la Juani”, del veterano Bigas Luna, de 60 años. Lo preocupante, sin embargo, es que para encontrar los más fieles reflejos de quienes se supone que actualmente son, los españoles tienen que acudir a documentales como “Septiembres”, un estudio penetrante sobre el amor en la cárcel. Aparentemente no quieren saberlo.

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